
30º y el cemento recalienta los pies de la chica. Estación central es poco amable. No, eso es un eufemismo. Es feo. Los tipos y las tipas pasan siempre con el ceño fruncido, nadie sonríe gratis, eso cuesta dinero al parecer. La chica se planta con la cara hecha un desastre de sueño en ese gran paradero verde frente a la que antes fuera la fantasía de los trenes. Ella no tiene reloj, así que pregunta a la persona más cercana. Es un tipo normal, 40 años. Contesta con señas, pero es grato verlo sonreír. Raro, piensa la chica. Pero es más raro, cuando él le señala el gran reloj que corona la torre de la estación y vuelve a sonreír y mueve los labios, pero apenas emite sonidos. Raro piensa ella. Hasta que cae en cuenta. Con un gesto le indica que hace calor, ella responde que sí, él mueve las manos con ademán de nadar, con los labios susurra piscina, la chica contesta que no, que no tiene piscina. Él le dice que sonría, que es bonita, todo con las manos. Ella sonríe. Es un sordo conversador.
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